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Cartas

Una vecina con dudas

ltima actualizacin 26/08/2010@15:49:16 GMT+1
El fútbol ha vuelto a poner de manifiesto de lo que es capaz. La banderona de la Plaza del Caño ha dejado de ondear sola. Por primera vez, he visto gente en masa que se ha sacudido este curioso complejo nacional que tenemos de airear unos colores que son los que son, sin la alergia de vincularlos a ningún ideario político sino a un nombre, el de un país, de cuya cultura e historia formamos parte queramos o no.

No deja de emocionarme el hecho de una celebración colectiva. Pero hay hechos que se me escapan. ¿En qué momento lo que está siendo una celebración de euforia colectiva da un salto y necesita manifestarse con actos vandálicos, agresivos e irresponsables?.

El día de la semifinal del mundial, después de la victoria de España, mis hijas adolescentes quisieron que las llevara a la plaza del Ayuntamiento para participar de una celebración popular de una magnitud que nunca habían visto. Accedí a placita de la Fuente del Caño por el lateral del Ayuntamiento. No era mucha la gente que allí había, calculo que unas cuarenta personas ocupaban la vía. Finalmente me vi obligada a parar y fue cuando observé atónita cómo el grupo, la mayoría chicos de la edad de mis criaturas, golpeaban a los dos coches que estaban en la fila delante del mío. Pero nosotras ya no teníamos escapatoria, no podíamos ya dar marcha atrás puesto que había otro par de vehículos siguiéndome. Tenía que pasar por fuerza por el embudo de aquella mini manada de adolescentes que en algún punto de su celebración habían decidido que vapulear a los coches que pasaban molaba. Se fueron creciendo, iban a más. Iba con tres niñas dentro, y pasamos miedo. Cuando me llegó el turno se subieron encima de la parte delantera, nos zarandearon unas cuantas veces. Unos cuantos golpes y patadas, hasta que decidieron concentrarse con el siguiente que se llevó peor parte que yo. Conseguí salir, y antes de que diera la vuelta completa a la plaza llegó un coche de la policía que supongo que desharía todo aquel escenario. Sé que los petardos que tiraron prendieron el jardín de una de las casas de piedra que por suerte está deshabitada y que a una amiga de mi hija, con otro petardo, le hirieron en una pierna.

El día de la final no volví al lugar de autos pues suponía que la borrachera, al menos de triunfo, sería aún mayor, pero sí me di una vuelta por el resto del pueblo y de la Colonia. En la Avenida de Torrelodones, si no acelerabas un poco más de lo normal, los chicos y chicas corrían hacia el morro de los vehículos obligándolos a frenar. En la Avenida de Valladolid una mujer más mayor que la que escribe, se instaló en un paso de cebra a torear, bandera en mano, a los coches que pasaban a los que obligaba a parar. A la hora, volví a pasar por el mismo sitio donde seguía la buena mujer de la misma guisa.

Perplejidad ante tales hechos y la pregunta, con la consiguiente reflexión, de por qué parece que es necesario sobrepasar ciertas barreras para que una celebración parezca que tenga sentido o sea más divertida. No sé. Y días después, las Fiestas de la Colonia. Mis dudas crecen.
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